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Un trabajo altamente apasionante también puede ser desgastante

Por: Diana Maria Uribe Muentes

En mi trabajo, hay algo que me ha llamado la atención al realizar actividades de acompañamiento empresarial como talleres, mentorías e intervenciones con grupos. Me he encontrado con personas que aman profundamente su trabajo, es lo que soñaron hacer, lo disfrutan, les importa. Y, al mismo tiempo, están agotadas, sin tiempo, sin espacio para otras cosas importantes en su vida. Hace poco, una de ellas me contaba que decidió no tomar la licencia por luto tras la muerte de un familiar, porque estaba liderando un proyecto que se encontraba en su recta final.

La sensación de “me gusta mi trabajo, pero estoy agotada” es cada vez más frecuente entre quienes trabajan. Y es precisamente porque estos trabajos tienen tanto significado para nosotros que suele ser más difícil ponerles límites. El compromiso puede hacer que aceptemos jornadas más largas, posterguemos el descanso y normalicemos el desgaste, porque sentimos que el esfuerzo vale la pena.

El problema no es que nos apasione el trabajo. El problema es que, cuando nos apasiona, nos cuesta mucho más reconocer el momento en que el compromiso empieza a convertirse en desgaste.

Durante mucho tiempo hemos hablado de lo problemático que puede ser no disfrutar el trabajo. Pero hay algo de lo que hablamos menos: los trabajos más apasionantes también pueden ser profundamente demandantes. Y, si no se gestionan bien, también desgastantes.

🌱 Desde la psicología del trabajo, el modelo de demandas y recursos laborales nos muestra algo interesante: los entornos que combinan altas demandas (retos, responsabilidad, carga) con altos recursos (autonomía, sentido, aprendizaje, apoyo) suelen ser los más estimulantes. Ahí se posibilitan fenómenos interesantes como el engagement, el Flow, la sensación de desarrollo profesional y crecimiento. En muchos sentidos, este es el escenario ideal. Sin embargo, también requiere un equilibrio permanente. Cuando las demandas aumentan de forma sostenida y los recursos dejan de ser suficientes para compensarlas, el sistema empieza a tensionarse. Y lo que antes era motivante, puede convertirse en una fuente de altas demandas y, con el tiempo, desgastarnos.

🧠 Incluso lo positivo necesita límites

Hay algo que a veces olvidamos: no todo lo “bueno” se mantiene “bueno” cuando es excesivo y constante.

El modelo vitamínico de Warr lo explica con claridad: ciertas condiciones del trabajo son saludables en niveles adecuados, pero cuando se desbordan, pierden su efecto positivo. Un ejemplo claro es la autonomía. Tener autonomía es deseable, pero cuando es demasiada, puede significar que faltan espacios para contrastar decisiones, faltan lineamientos claros y se genera la sensación de estar solo frente a lo complejo. Y entonces, lo que era un recurso empieza a convertirse en una carga.

Comúnmente me encuentro con personas comprometidas, con propósito, que disfrutan profundamente lo que hacen. Personas que creen en su trabajo, pero, al mismo tiempo, empiezan a estar más cansadas, reducen su vida social, postergan espacios personales y dejan de hacer cosas que también les importan. Hasta que, sin darse cuenta, el trabajo deja de ser una parte importante de su vida y empieza a ocupar un lugar desproporcionado.

Aquí surge una conversación que vale la pena abrir: que un trabajo tenga significado y que sea chévere para mí no significa automáticamente que no pueda generar desgaste. Que algo nos apasione no significa que no necesite límites y que no nos pueda desgastar.

De hecho, los trabajos con alto sentido suelen tener un riesgo particular porque se normaliza el desgaste. Se sostiene más, se cuestiona menos y ahí es donde empieza a perderse el equilibrio.

💛 El trabajo dignifica, pero no lo es todo

Si dejamos a un lado las narrativas idealizadas del trabajo, nos queda algo más real. El trabajo puede ser una fuente de desarrollo, contribución y propósito, dignifica la vida, pero no es lo único que hace que valga la pena. El sentido y el disfrute de la vida también están en los vínculos, el descanso, el cuidado de otros, el tiempo propio y en no hacer nada productivo en algunos espacios.

🌱 Entonces, ¿qué hacemos con esto?

No se trata de elegir entre trabajos exigentes, apasionantes o trabajos tranquilos y sin sentido, sino de empezar a preguntarnos:

  • ¿Los recursos realmente están a la altura de las demandas?
  • ¿Es sostenible para mí mantener este ritmo en el tiempo?
  • ¿Estoy dejando espacio para otras dimensiones importantes de mi vida?

Disfrutar el trabajo es un privilegio. Pero cuando el trabajo termina ocupando todo el espacio, incluso aquello que más nos apasiona puede terminar pasándonos factura. Cuidar el equilibrio no significa querer menos nuestro trabajo; significa cuidar también la vida que existe fuera de él.

Este texto integra análisis de la autora, con apoyo de herramientas de inteligencia artificial (ChatGPT) para la organización y redacción del contenido.

 

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